Mario Pergolini dijo en una entrevista que hasta el 80% de los reels de entretenimiento que vemos en internet, no son cosas que hayan sucedido realmente, sino que se trata de montajes construidos, no por humanos sino por la inteligencia artificial (IA). Ejemplos: una mujer que aparece en la cornisa de un parque nacional, ofreciéndole a un macaco un paraguas con los colores del arcoíris, y cuando el simio consiente en agarrarlo, el viento se lo lleva volando (Ver video). A simple vista parece real, y recién luego de volver a verla, se comienza a notar que se trata de una escena creada por la IA. Circula también otro reel en el que unos hombres occidentales les muestran fotos de extraterrestres a unos habitantes de un pueblo originario, filmando la reacción de estos al anoticiarse de esa supuesta verdad. Detalle no menor en lo que al goce en cuestión respecta.
Punto de indagación: Pergolini no aclaró si el tema y el guión de las escenas también se le ocurren a la IA, o si continúa obedeciendo a las ideas de algún humano que colabore poniendo la intencionalidad de lo que el algoritmo debe plasmar.
Lo cierto es que la tecnología ha arribado a una nueva etapa de un tiempo secular, tan rechazado y tan esperado, en el que, tal como sucede en un sueño, es posible ver una imagen que parece real, pero que en verdad no se condice o corresponde auténticamente con un objeto material. Algo que no es nuevo, pues el hiperrealismo de Ron Mueck, o del argentino Helmunt Ditsch, son anteriores a la IA, sólo que, para existir, las creaciones de estos dos artistas se valen no sólo de la idea, sino también de la materialidad, no sólo de los elementos que utilizan para darles un cuerpo, sino también del mismo cuerpo humano donde se aloja la inteligencia que las genera. Lo nuevo de la IA no es el hiperrealismo, tampoco el prescindir de la materia para su realización, sino el hecho de que la ingeniería capaz de lograrlo ha dejado de habitar en un cuerpo humano. Llegado el caso, el humano en tanto tal, se tendría como testigo sólo a sí mismo respecto de la creación de lo que crea, es decir de la IA, sin contar con el hecho de que mientras más avanza ésta, menos son los esfuerzos sublimatorios que requiere aquel para la socialización de sus pulsiones, y más expuesto queda a la corriente regrediente que habita verdaderamente en ella, ya que para Freud, toda pulsión, todo empeño de alcanzar la satisfacción, es pulsión de muerte en el sentido que lo aclara Lacan en la página 176 del seminario 2, al unificar el automatismo de repetición, el principio de nirvana y el instinto de muerte. Llegado el caso el humano va dejando de ser el creador de la inteligencia artificial para convertirse en un inteligente artificial, cuyo único lugar en esa dialéctica pasa a ser, no ya el del actor, no ya del productor, no ya del guionista, sino tan sólo la del espectador, tal como lo anticipó el cantante uruguayo Jorge Drexler en su canción “Mi guitarra y vos”.
De todos modos, el hiperrealismo no es un tema menor, ya que se mete con un punto de la subjetividad, cuya posible existencia continúa siendo objeto de investigación intentando localizarla y/o formalizarla. Nos referimos a aquella función o instancia psíquica que permitiría distinguir la fantasía de la realidad. En tal sentido, es posible rastrear en Freud al menos tres posturas que se complementan entre sí. Una primera, cuya táctica teórica se negó a socializar en vida ¿Por qué será?, presente en un texto, publicado luego de su muerte, llamado Proyecto de psicología para neurólogos, de 1895, en donde estableció las bases y condiciones que permitirían diferenciar el campo de la percepción alucinatoria respecto de la percepción de lo que en verdad es real. Una segunda, en la que le avisó a su amigo Fliess que algunas de sus pacientes le habían mentido. Frase mal recortada por sus detractores, pero que en verdad se trata de una ironía, ya que en ese punto descubrió que algunas personas, especialmente los niños a edad muy temprana, no distinguen las imágenes de realidad respecto de las que crea la mente, y así, si sueñan algo mientras duermen, creen que eso ha sucedido realmente, ya que aún no diferencian la realidad psíquica respecto de la realidad material, algo sobre lo que sin dudas avanza la IA.
Ello no autoriza en modo alguno a decir que alguien miente al decir que ha vivido alguna forma de exceso por parte de terceros durante su infancia, ya sea físico, psicológico o sexual. Nos referimos al peso que tienen los dichos de los pacientes adentro del consultorio, lo cual no habilita a prescindir de lo que le corresponda investigar al ámbito judicial. Tampoco nos autoriza a afirmar que no hay diferencia entre un loco y un niño en lo que respecta a la percepción e interpretación de la realidad. Sino más bien que en todo ser que habla, por una falla estructural del lenguaje, ni por asomo nos es posible terminar de representar la realidad, emergiendo como respuesta a este problema lo que en psicoanálisis se llama fantasía o fantasma, que, entre otras cosas, nos incita a creer y confiar en lo que percibimos, e incluso en lo que autopercibimos. Lo cual se podría resumir en todos tenemos una parte que nos dice que hay que creer sin comprobar. Punto de partida de la ciencia, la cual se valió de la abstención de dicha posición para diferenciarse del saber vulgar y ganar así un poder inaudito que la ubica en el lugar de la religión actual, ya que hoy en día es poca la gente que dice creer en Dios pero mucha la que confía ciegamente en la ciencia. Una tercera posición aparece en un texto de digerible lectura llamado Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico, de 1911, en el que intentó amigar al principio del placer con el de realidad.
OPINIÓN Repetición, placer y muerte
Sin embargo, leyendo a Le Bon, Freud descubrió que el individuo humano inserto en masa, tiene mucha sed, pero no sed de verdad, sino de certeza. Léase su texto Psicología de las masas y análisis del yo de 1921, o lo que dice sobre los eventos traumáticos en Más allá del principio del placer de 1920, antes de refutar. Siguiendo esa misma línea, Lacan dirá en el Seminario 2 que siempre y cuando el objeto percibido se muestre convincente, en el sentido de brindar la buena forma de los gestaltistas, adquirirá el estatuto de pregnancia, de claramente visible, y se incorporará su forma final.
Pero Lacan fue un poco más allá en lo que respecta al problema referente a si toda percepción subjetiva cuenta con un referente inmediato en la realidad, y lo clarificó a partir de una pequeña pero comprobable observación, al preguntarle al auditorio que asistió a su primer seminario si un arcoíris existe o no, ya que como se sabe, podría decirse que se trata sólo de un efecto de luz, la cual carece de materia, que deja de percibirse en caso de que el observador se cambie de lugar. Los escépticos dirán que aunque sea posible de ver, el arcoíris no existe, sino que es una experiencia subjetiva que no puede prescindir del observador, contrario a lo que sí podría decirse de nuestros bellos cerros jujeños, los cuales conservan sus estridentes colores siempre, esté nublado o salga el sol, se los mire o no se los mire, aunque esto último quizás no suceda nunca. En cambio, un arcoíris es perceptible sólo bajo determinadas condiciones, por ejemplo cuando se riegan las plantas del jardín al atardecer o al amanecer, con el cielo despejado, apuntando la manguera en determinada dirección, y desaparece si se cambia de posición. Sin embargo, Lacan les pregunta a sus discípulos por qué si un arcoíris en verdad no existe, entonces es posible atraparlo en el campo de la materialidad. Es decir, si realmente es una experiencia netamente subjetiva ¿No arriba acaso al plano de la materialidad al imprimirse la foto? Derrumbando por completo, pero sin abandonarnos, la idea que podríamos tener acerca de la diferencia que existe entre subjetividad y materialidad.
Freud tampoco se quedó atrás, ya que cuando le dijo a su amigo Fliess que sus histéricas le mentían por haber contado como ciertos hechos de la temprana infancia que de manera comprobada sólo pudieron tener lugar en su quimera, solucionó este problema diciendo que lo importante, no es si sucedió o no realmente en la empiria, sino en la realidad psíquica inconsciente, en la cual existe el principio de no contradicción... ¡al que aspira arribar la ciencia! Bien dijo Silvia Ons en las recientes 34as Jornadas Anuales de la Escuela de la Orientación Lacaniana llevadas a cabo en la ciudad de Buenos Aires, que para que algo se recuerde como vivido, como sucedido, sí es preciso que tenga un referente inmediato real, pero pulsional.
OPINIÓN Soledad-es
¿Qué opina usted al haber llegado hasta el final de este artículo? ¿Existe o no existe el arcoíris? ¿Se detiene o no se detiene a contemplarlo cuando se le aparece mientras riega el jardín? ¿Le da o no le da el estatuto de dignidad óntica? No vaya a ser cosa que por negarlo, tal como le sucede al padre homofóbico del hijo homosexual, luego el arcoíris se le imponga en lo real, o como al monito, que por agarrar los colores del arcoíris presentes en ese paraguas, terminó volando por los aires adentro de una realidad que en verdad existió sólo en un delirio artificial.
* Sergio Higa es Analista Practicante de la Escuela de la Orientación Lacaniana y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Responsable de Relaciones Institucionales de la Antena Jujuy de la EOL. Docente de la materia Psicopatología 2 de la carrera de Psicología de la UCSE. Docente de la materia Psicología de la carrera de Psicopedagogía de la UCSE. Psicólogo Clínico en el Hospital Néstor Sequeiros. Licenciado en Psicología.


