Las elecciones no solo pintaron un mapa político nuevo, sino que develaron una verdad profunda y dolorosa, el peronismo, como fuerza de poder nacional, ha sido hundido. Y quienes empuñaron los taladros para abrirle las grietas por las que se fue a pique tienen nombre y apellido: el kirchnerismo y su brazo militante, La Cámpora. No fueron simples adversarios internos; fueron el cáncer que metastatizó en el cuerpo del movimiento, secuestrando su legado, vaciando su esencia y conduciéndolo a la peor crisis de su historia, no solo electoral, sino también identitaria y moral.
Lo que la ciudadanía rechazó de manera tan contundente no fue el peronismo en abstracto, sino la caricatura grotesca y autoritaria en la que lo convirtió esta secta en el poder.
El secuestro comenzó con una operación de precisión quirúrgica. La Cámpora, lejos de ser una juventud espontánea, se erigió como una estructura de ocupación interna, una guardia pretoriana leal a un nombre y no a una doctrina. Bajo la dirección de Cristina Kirchner, este grupo ejecutó una purga silenciosa pero implacable de todos los espacios de poder. No se trataba de competir en ideas, sino de ocupar territorios. Intendentes, legisladores, funcionarios de segundo y tercer nivel: todos aquellos que no juraron lealtad absoluta al proyecto hegemónico de la familia Kirchner fueron marginados, hostigados o directamente expulsados. El peronismo, que siempre supo ser un movimiento ancho y contradictorio, un coro de muchas voces, fue mutilado hasta quedar reducido a un coro de una sola voz, ensayando siempre los mismos cánticos en honor a su líder.
Este secuestro tuvo un objetivo claro: transformar al movimiento nacional y popular en una herramienta para la defensa personal y la perpetuación en el poder. Las instituciones del Estado, desde la justicia hasta los organismos de control, fueron colonizadas por estos operadores, que priorizaron siempre la lealtad al "relato" por sobre la idoneidad y el servicio público. El peronismo, que alguna vez supo construir desde el Ministerio de Obras Públicas o generar consensos sociales, fue vaciado de todo contenido serio para convertirse en una maquinaria de guerra judicial, de comunicación agraviante y de clientelismo político descarado. La Cámpora no formó cuadros para administrar el país; formó operadores para administrar la crisis en su beneficio.
El hundimiento final era la consecuencia lógica de este secuestro. Cuando llegó la hora de la verdad, cuando el barco comenzó a hacer agua por todos lados, el kirchnerismo no dudó en sacrificar al peronismo para salvarse a sí mismo. La gestión de Alberto Fernández fue el ejemplo perfecto: un gobierno secuestrado desde el día uno, donde cada ministerio clave era una fortaleza de La Cámpora, y donde la Vicepresidencia ejercía un poder de veto absoluto sobre cualquier decisión que intentara apartarse del dogma. El resultado está a la vista: una economía en llamas, con una inflación del 200%, un nivel de pobreza obsceno y una moneda destruida. Esta es la herencia concreta del kirchnerismo al peronismo: la peor crisis económica de las últimas décadas, que lleva ahora la etiqueta indeleble de "gestión peronista".
La derrota electoral no es, por lo tanto, solo un castigo a un mal gobierno. Es el repudio a un método. Es el hastío hacia una fuerza que, en manos del kirchnerismo, dejó de ser un canal de esperanza para convertirse en una patota de enriquecidos, un aparato de intolerancia y un culto sectario que dividió familias y amigos. El peronismo de los trabajadores, el de las conquistas sociales, fue usurpado por una elite vernácula que habla en nombre del pueblo desde sus urbanizaciones privadas y que usa la pobreza como argumento electoral mientras se desentiende de ella en la gestión cotidiana.
Hoy, el peronismo yace en su peor hora, no por la fuerza de sus adversarios, sino por la traición de sus propios hijos. El kirchnerismo y La Cámpora lo secuestraron, lo desfiguraron y, finalmente, lo hundieron en el descrédito y la irrelevancia. Hasta que el movimiento no se libere de este lastre, hasta que no realice una catarsis que expulse a quienes lo convirtieron en una mafia política disfrazada de movimiento popular, no habrá renacimiento posible. El veredicto de las urnas fue claro: Argentina quiere dejar atrás el pasado. Y ese pasado, hoy, tiene el rostro y los métodos del kirchnerismo.