Mientras el discurso oficial celebra una desaceleración de precios, el bolsillo enfrenta una realidad paralela. Es una Argentina de dos velocidades: la de los aumentos de sueldo a los funcionarios en los peores momentos de la política y la de los viajes presidenciales que profundizan una grieta ética cada vez más ancha. Todo esto, bajo la sombra de una gestión nacional que, en los hechos, parece rescatar las prácticas de la vieja casta que prometió erradicar.
La frialdad de la teoría económica y las planillas de Excel que el Gobierno exhibe con orgullo no logran bajar la temperatura de una sociedad que está llegando al límite. La inflación de “entrecasa” no se mide en puntos porcentuales; se mide en el rinde del changuito y en la angustia de llegar a la tercera semana del mes con las cuentas en rojo.
El "esfuerzo" pedido a la clase media y a los sectores vulnerables pasó a transformarse en una asfixia cotidiana que ya no distingue banderas. El malestar social no solo se alimenta de los precios, sino de una asimetría moral. Mientras el sueldo del trabajador se licúa, la opinión pública asiste a un desfile de privilegios que contradicen el espíritu del ajuste: desde el caso “Manuel Adorni”, acusado de enriquecimiento ilícito, hasta los manejos poco claros en el entorno de Karina Milei y una agenda presidencial de viajes que parecen más personales que estratégicos. Para el argentino que espera el colectivo en una crisis de transporte sin precedentes, ver estos movimientos en la "cúpula" se siente como una bofetada al sacrificio diario. El contraste se siente como sal en una herida.
La legitimidad del ajuste agoniza. No se puede pedir paciencia a quien ya no tiene qué recortar, mientras ve que en los despachos oficiales la austeridad es un discurso de exportación, pero no de consumo interno. El riesgo para el Gobierno es que la inflación del desencanto termine siendo mucho más difícil de controlar que la de los precios; porque cuando la gente siente que el sacrificio no es parejo, la paz social entra en un terreno de peligrosa incertidumbre.