El PJ jujeño tiene un interventor nuevo y, por primera vez en mucho tiempo, uno que no viene de Buenos Aires ni lleva el sello de La Cámpora. El desafío que enfrenta Ricardo Villada no es menor: reconstruir una identidad partidaria que el faccionalismo fue erosionando durante años, capa por capa, con la paciencia involuntaria de quien destruye sin proponérselo. Un detalle adicional, que no deja de tener su gracia, es que Villada llega a ordenar la casa del peronismo jujeño sin ser, formalmente, afiliado al Partido Justicialista. Hay que reconocer que la originalidad, al menos, no le falta. En un movimiento que históricamente hizo de la lealtad orgánica casi una religión, encomendar la reconstrucción partidaria a alguien que todavía no terminó de llenar el formulario de ingreso tiene algo de paradoja fundacional.
El Partido Justicialista de Jujuy acaba de protagonizar un nuevo capítulo de su larga saga de intervenciones. La partida de los enviados porteños de La Cámpora y la llegada de Ricardo Villada, dirigente salteño con trayectoria en el norte, marcan un giro que, aunque modesto, no carece de simbolismo: por primera vez en mucho tiempo, quien llega a ordenar la casa no proviene del corazón del poder metropolitano. No es un enviado de la Rosada ni un cuadro formado en las usinas porteñas del kirchnerismo tardío. Es, en todo caso, alguien que conoce el barro del norte desde adentro, y eso, en política, no es un dato menor.
Ese detalle importa, aunque no alcanza. La historia política del norte grande tiene sus propias lógicas, sus lealtades sedimentadas y sus códigos no escritos, y un interventor que comprende esa geografía humana cuenta, al menos, con una ventaja de partida sobre quien llega a administrar lo ajeno desde una distancia cultural insalvable. Villada no es jujeño, pero es norteño. No es de La Cámpora, pero es peronista —o al menos simpatizante cercano, dado que su afiliación formal al partido que conduce es, curiosamente, una formalidad que todavía está pendiente—. Son condiciones necesarias, aunque de ninguna manera suficientes. La familiaridad geográfica abre puertas, pero no garantiza nada; la historia está llena de interventores que entendían el territorio y aun así lo usaron en beneficio propio.
El diagnóstico del problema es más fácil de formular que de resolver: hoy el Partido Justicialista es incapaz de contener a todo el peronismo, y esa brecha viene ensanchándose hace años sin que nadie haya encontrado la manera de cerrarla. El peronismo jujeño lleva una larga temporada fragmentado, dividido entre pertenencias sectoriales que con frecuencia anteponen la lealtad al jefe de turno por sobre la identidad partidaria. No es un fenómeno exclusivo de Jujuy, claro; es la enfermedad crónica del peronismo en buena parte del país. Pero en el norte, donde las estructuras territoriales tienen un peso específico muy concreto y donde los liderazgos locales suelen ser tan fuertes como impermeables, esa fragmentación adquiere una textura particular, más densa y más difícil de desanudar.
El partido fue vaciándose de militancia genuina con el paso del tiempo, transformándose progresivamente en una estructura que distintas facciones ocuparon alternativamente, cada una con sus propios ritmos y sus propias agendas, sin que el conjunto lograra reconocerse en ninguna de ellas. Lo que quedó no es exactamente un partido; es más bien el cascarón de uno, una sigla con historia que distintos grupos disputan no por lo que representa hoy, sino por lo que alguna vez fue y por los recursos simbólicos —e institucionales— que todavía conserva.
La pregunta que se hacen los peronistas de base no es solo quién conduce, sino si quien conduce viene a representar a todos o simplemente a instalar a alguien. Esa desconfianza es la herida más difícil de cerrar, y no se sutura con buenas intenciones ni con currículums partidarios —completos o incompletos—. Se cierra con hechos, con procesos transparentes, con la experiencia repetida de que las reglas se cumplen para todos y no solo cuando conviene. Y esa experiencia, en el peronismo jujeño reciente, brilla por su ausencia.
Ahí radica el nudo del desafío que Villada tiene por delante. Para que el peronismo disperso vuelva al partido —o al menos para que deje de mirar desde afuera con una mezcla de nostalgia y desconfianza—, necesita creer que ese partido no es el instrumento de un dirigente en particular ni la plataforma de lanzamiento de una candidatura que ya está decidida en algún despacho. La historia reciente ofrece razones de sobra para el escepticismo: cada vez que el PJ fue intervenido, los militantes de base vieron cómo la intervención terminaba siendo funcional a alguien, a un sector, a una interna que ya estaba resuelta antes de empezar. El interventor de turno llegaba con el discurso de la unidad y se iba —o lo iban— habiendo servido puntualmente a una fracción. El ciclo se repetía con una regularidad casi admirable.
Romper con ese ciclo no depende solo de las intenciones del interventor, por genuinas que estas sean. Depende de gestos concretos y sostenidos: apertura real de los espacios de decisión, escucha activa de las estructuras territoriales, capacidad de incorporar voces que incomoden y no solo las que validan. Y sobre todo, una conducción que no despierte la sospecha —tan arraigada, tan alimentada por la experiencia— de que el proceso interno está siendo dirigido hacia un destino prefijado. El peronismo jujeño no necesita un árbitro con favorito ya elegido; necesita un árbitro creíble. Que ese árbitro no tenga carnet del partido que arbitra es, cuanto menos, un dato pintoresco que la militancia no dejará de recordarle en el momento menos oportuno.
La llegada de Villada puede ser una oportunidad real o puede ser un episodio más en la larga serie de intervenciones que prometieron renovación y terminaron reproduciendo los mismos vicios con distintos protagonistas. La diferencia no la hará su origen geográfico ni su distancia de La Cámpora —ni tampoco, presumiblemente, su libreta de afiliación, cuya ausencia seguirá siendo un argumento disponible para quien necesite cuestionarlo—, sino su capacidad y su voluntad efectiva de construir un proceso que los peronistas jujeños sientan como propio, no como algo que les pasa sino como algo en lo que participan. Eso, en el estado actual del partido, no es poco. Es, de hecho, casi todo.

