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Apuntes de una mente cansada

Opinión de Sofía Ponce, estudiante del IES "Nuevo Horizonte"

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IES Nuevo Horizonte por IES Nuevo Horizonte | 15-10-2025 18:30

Hace pocos días se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha que invita a reflexionar sobre un tema que, aunque cada vez está más presente en las conversaciones cotidianas, todavía se enfrenta a silencios, prejuicios y miradas incompletas. En una sociedad que celebra la productividad y el rendimiento, hablar de salud mental sigue siendo un acto de valentía, especialmente cuando se relaciona con el ámbito educativo.

Desde el nivel secundario hasta el nivel superior, la exigencia académica puede volverse abrumadora, ya que estudiar implica mucho más que leer, memorizar y rendir. Implica (entre otras cosas) sostener rutinas, enfrentarse a la frustración, gestionar la ansiedad y, en muchos casos, aprender a convivir con la presión de un sistema que pocas veces contempla el bienestar emocional de quienes aprenden.

En Jujuy, como en muchas otras provincias del país, se observa un fenómeno creciente: jóvenes que abandonan o postergan sus estudios debido al agotamiento, la ansiedad o la falta de motivación. Según el Ministerio de Salud de la provincia, en septiembre de este año se registraron más de 6.500 atenciones en salud mental, siendo el rango etario con mayor número de atenciones, adolescentes entre los 12 y los 15 años. Una realidad silenciosa que se manifiesta en el cansancio constante, la dificultad para concentrarse o la sensación de que ningún esfuerzo es suficiente. A veces se lo disfraza de “falta de ganas” o “poca responsabilidad”, cuando en verdad lo que hay detrás es un profundo desgaste emocional.

A esta complejidad se suma el impacto de las redes sociales, un espacio que, si bien puede funcionar como vía de expresión o contención, también genera comparaciones constantes y expectativas poco reales. Las plataformas digitales nos muestran vidas “perfectas”, cuerpos ideales y éxitos inmediatos, lo que incrementa la presión por cumplir con estándares casi inalcanzables y en el caso de los estudiantes, esa exposición permanente puede aumentar la ansiedad y la sensación de fracaso, afectando la autoestima y la concentración.

Además, la pandemia dejó al descubierto cuánto influye la salud emocional en el aprendizaje. Muchos estudiantes debieron adaptarse a la virtualidad, al aislamiento y a la incertidumbre, sin herramientas para procesar lo que estaban viviendo. Hoy, los efectos persisten: ansiedad, desmotivación y dificultades para retomar los hábitos de estudio. Por eso, hablar de salud mental, ya no puede considerarse un tabú ni mucho menos una moda, es una necesidad urgente.

Es necesario también, repensar el modo en que percibimos el éxito educativo. No se trata solo de aprobar materias o alcanzar títulos, sino de formar personas integrales, capaces de reconocer sus límites para pedir ayuda y aprender a cuidar su salud mental como parte del proceso. Porque no basta con conmemorar una fecha, o publicar una historia, hay que tomar acciones concretas.

Cuidar la mente es también cuidar el futuro: invertir en programas de apoyo psicológico dentro de los espacios educativos, inculcar el aprendizaje de saber pedir ayuda, motivar a las familias a ser un eslabón de contención y no de exigencia, querer escuchar al otro, entre otras herramientas, significa apostar por una sociedad más empática y resiliente. Reconocer que el bienestar emocional impacta directamente en el rendimiento académico no debería ser motivo de debate, sino de acción.

Porque detrás de cada estudiante hay una historia, un esfuerzo y una mente que merece ser cuidada tanto como el cuerpo.

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