En el Evangelio de este III Domingo de cuaresma aparecen dos personajes con sed.
Uno es la samaritana, que va a buscar agua al pozo de Jacob.
Otro, es Jesús, que se sienta en el pozo esperando que alguien le dé de beber.
En el diálogo, Jesús le dice a la mujer que le dará agua viva, para que no tenga más sed.
Este pasaje del Evangelio me llevó a pensar en cuántos hombres y mujeres caminan por este mundo con sed: sed de paz, de comprensión, de cariño, de progreso auténtico, de trabajo, de justicia, de verdad, de amor auténtico.
Muchos parecen saciados, pero en el fondo tienen sed de algo que les llene la vida, porque hay muchos que tienen de todo, pero no han saciado su sed de auténtica felicidad.
La sed del hombre lo lleva a veces a buscar saciarse con el consumismo, con la droga, el alcohol, la vida desenfrenada.
En el Evangelio de este domingo (Juan cap. 4) vemos que al final la mujer samaritana deja el cántaro y se va contenta a anunciar a sus paisanos lo que había vivido con Jesús, quien le había descubierto los secretos de su corazón y la había sanado interiormente de manera muy profunda.
Era una mujer que había caminado muchos caminos buscando el amor sin encontrarlo. Sólo encontró el amor, la vida y el agua viva cuando encontró a Jesús.
Esto es lo que hoy hace falta para tantos hombres y mujeres con sed ardiente de auténtica felicidad, de auténtico amor.
Hoy hay muchas samaritanas y samaritanos deambulando por el mundo en busca de amor.
Lo buscan equivocadamente por senderos que no los llevan al amor sino a la depresión, a la angustia, al desconcierto, al sinsentido de la vida.
Hoy la Iglesia tiene que ser ese Jesús sentado junto al pozo que sale al encuentro de los hombres de hoy presentando el mensaje gozoso del Evangelio.
Lo debe hacer con la humildad de Jesús, que sencillamente le pidió de beber a aquella samaritana, con la cual no debía relacionarse, según el catecismo de la época. Jesús inició el diálogo que culminó con el cambio de vida y la alegría de la samaritana.
Dialogando con el mundo, la Iglesia debe presentar la hermosura de la persona de Jesús, que cautiva al que busca la verdad, al que tiene sincera sed de felicidad plena.
Uno de los desafíos de la nueva evangelización es vivir la fe con el entusiasmo con que la samaritana contó a sus paisanos su encuentro gozoso con Jesús.
Así podremos responder a tanta sed que hoy existe en el mundo.
¿Tendremos ese rostro gozoso que cuenta el encuentro con Jesús, camino, verdad y vida?
O ¿seguiremos siendo una Iglesia con cara de vinagre que no atrae a nadie?
