El escándalo de la ANDIS ha sumergido al gobierno en una crisis de imposible escape, un terremoto político que evidencia una parálisis devastadora. La incapacidad para contener las revelaciones, la fuga descontrolada de su exfuncionario estrella y los audios que retumban en cada rincón del debate público deberían ser, en cualquier lógica, el golpe final para una gestión que llegó al poder prometiendo pureza y ética.
Sin embargo, en la peculiar geometría de la política argentina, incluso este derrumbe moral puede no ser suficiente para alterar el rumbo electoral.
Porque el principal combustible de La Libertad Avanza ya no es su propio relato intachable, sino el espectro de un kirchnerismo que resurge con sus peores fantasmas, las recetas económicas que llevaron al país al abismo y la figura de una Cristina Fernández de Kirchner cuya imagen negativa supera el 60% y cuya condena por corrupción la persigue como una sombra.
Mientras el oficialismo se enreda en sus contradicciones, aplicar ajustes a los más vulnerables, mientras sus funcionarios presuntamente extorsionaban en la compra de medicamentos, la oposición no logra capitalizar el descontento.
Cristina vuelve a escena, pero lo hace con un discurso que muchos argentinos asocian con el fracaso, más Estado, más controles, las mismas fórmulas que dejaron pobreza récord y desindustrialización.
Lo peor de todo es que lo hace desde su cárcel, encerrada por robo y con tobillera electrónica, Un insumo invaluable para las pretensiones electorales de La Libertad Avanza.
El gobierno, astutamente, redirige el foco hacia ese pasado que aún duele. Transforma su propia debilidad en un arma, polarizando la elección alrededor de un único mantra: “o nosotros, o el regreso de los que ya fracasaron”.
En este juego perverso de espejos rotos, el escándalo de la ANDis queda opacado por un miedo mayor, el temor a volver atrás.
La economía sigue siendo la prioridad del electorado, el empleo, la inflación, la lucha diaria por llegar a fin de mes, y aunque la gestión de Milei muestra signos de desgaste, su relato de recuperación aún encuentra eco en quienes creen que lo peor ya pasó.
El kirchnerismo, en cambio, no ofrece una alternativa creíble; ofrece el regreso de lo conocido, y lo conocido, para muchos, es sinónimo de crisis.
Así, en vísperas de una elección crucial, el oficialismo navega en aguas turbulentas pero con una brújula clara, mientras la oposición siga personificada en líderes con altísimo rechazo y condenas judiciales, cualquier error propio podrá ser enmarcado como un mal menor en comparación con el riesgo de volver al pasado.
La grieta, esa fractura que divide aguas y define identidades, actúa como cortafuegos electoral. El votante anti K, incluso decepcionado, difícilmente cruce al bando de aquellos a los que aún considera responsables de la decadencia nacional.
Al final, la elección no se definirá por un escándalo de corrupción más, sino por el miedo. Miedo al caos de ayer versus miedo al caos de hoy.
Y en esa disyuntiva, el gobierno apuesta a que su narrativa del “menos malo” seguirá vigente.
El kirchnerismo, sin saberlo, se ha convertido en el mejor aliado de un oficialismo acorralado. Su sola presencia en la escena le regala a Milei la oportunidad de transformar su derrota moral en una victoria política.


