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Una joya llamada vecindad

«Después de esta pandemia, muchos esperan, como el agua de lluvia en la sequía, un verdadero cambio social».

Después de esta pandemia, muchos esperan, como el agua de lluvia en la sequía, un verdadero cambio social. Los más optimistas dicen que sí es posible, y pensándolo bien, siempre es mejor arrimarse a lo positivo que a las caras grises y tristes de los cenizos que arruinan el día de los demás.

Desde que estamos encuaretenados, hemos descubierto que la vecindad es una buena medicina para la soledad y el encierro.  Un estudio de EEUU dice que nuestras relaciones responden al modelo de anillos de Saturno, en el que las líneas más cercanas al núcleo representan a los más queridos, y las lejanas, a los desconocidos.

Lo curioso es, según expone el investigador, que en los últimos 50 años hemos cultivado los extremos, manteniendo el contacto con amigos y familiares y tendiendo  puentes con desconocidos por Internet. Y así, hemos condenado al ostracismo a todos los de la zona intermedia, donde se encuentran el vecino de la casita de al lado o el verdulero de la esquina. Al primero, ni le poníamos cara, y al segundo, como nos hablaba demasiado, preferíamos ir al supermercado, donde apenas tienes que mirar al cajero y la comida viene en cajas de plástico.

Gracias al COVID 19 algunos hemos vuelto a saborear la infancia, donde las redes de cercanía nos nutrieron haciéndonos humanos. Si bien aquí en Jujuy, esas redes no estaban todavía perdidas, se habían deshilachado y se veía al mundo exterior como mejor que el nuestro, alejándonos mucho de la realidad.

Las grandes ciudades se dieron cuenta que la prisa y el estrés no te conducen a ninguna  parte. Que por más dinero que tengas y te rodees de los sistemas de salud más caros y avanzados del mundo, un bicho diminuto te ataca, te ahoga y te mueres anhelando oxígeno, que es gratis en cualquier rincón del globo. Y, en el fondo,  lo único que necesitas, es estrechar la mano de tu familia, no la del desconocido que te escribía todos los días por facebook o la del actor famoso que seguías en Instagram. ¡Qué duro debe haber sido para tantos mayores morirse solos en un hospital tan blanco y vacío!

Para tranquilidad de los jujeños, por suerte, y sigamos rezando,  estamos lejos de vivir algo así, pero ya lo dice el refrán: cuando las barbas de tu vecino veas mojar…. Hasta en los dichos populares aparecen los vecinos. Si es que son muy importantes… y como tantas otras cosas no valoramos lo que tenemos al lado de nuestra puerta.

La cuestión es que esta crisis nos está obligando a pararnos a charlar con el de al lado y sobre todo a escucharlo.  Y,  de pronto, aparece la amabilidad, que se contagia más rápido que el coronavirus, porque cuando alguien te trata bien, es más fácil responderle con una sonrisa que con una rayita en medio de la frente. Nadie puede negar que los vecinos del barrio y la pandilla pícara de nuestra historia de niños, nos dieron seguridad y confianza. Por tanto, está claro que las relaciones de proximidad son un pilar más de la salud mental.

Después de todo, solo estamos desempolvando estrategias que nos funcionaban. Y así han aparecido iniciativas que antes parecían insólitas como compartir habilidades o conocimientos por internet sin pagar, asistir a un concierto internauta, ayudar a personas vulnerables y solas o promover las tiendas del barrio que nos salvaron la comida en tantas ocasiones de confinamiento.

Esperemos que, cuando se termine toda esta crisis, nos acordemos de esos momentos en que valoramos a los vecinos, porque si algo aprendimos en esta cuarentena es que somos muy pequeños y vulnerables, y que necesitamos de la comunidad, con sus defectos y virtudes, para poder ser felices.

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