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Menos charlas y más ejemplo

Una de mis abuelas se murió durmiendo. Tenía más de 90 y todos los días le pedía a Dios que se la llevara porque aquí en la tierra ya no le quedaba mucho que hacer… o por lo menos eso creía.  Ojalá todos tuviéramos esa paz con la que se despidió la madre de mi padre, con el cariño de soñar en reencontrarse con  aquellos que ya no estaban con ella.

Pero claro,  había sido educada de un modo muy distinto, donde a la gente se la preparaba para sufrir, fracasar, levantarse y morir… nada de imprescindibles ni nubes de algodón.  La muerte la tuvo presente siempre, sabiendo que lo que comenzó, antes o después se iba a terminar.  Hoy, en cambio, nos dedicamos a leer manuales porque muchas madres nos sentimos culpables de trabajar y estar poco en casa, de gritar demasiado o de exigir el cumplimiento de tantas reglas y crear traumas indisolubles, como por ejemplo, el de la muerte.

Uno de los grandes errores de tu generación, me decía, es que os da miedo sufrir, cuando es algo que no puede evitarse y hay que prepararse para ello porque de alguna u otra forma te va a tocar. Quizás soy yo la única que me doy cuenta que nos preocupamos en demasía por inculcarles a nuestra descendencia letras y números académicos y pocos valores como la empatía, la amistad, la sinceridad, la solidaridad o el fracaso de no haber conseguido lo que tanto anhelaste…

Probablemente todo eso no se encuentra escrito en manuales y sí en el ejemplo del día a día.  Nos cuesta abordar temas que nos asustan, y si bien hablamos de sexo abiertamente, cosa que me parece perfecto, hemos inaugurado nuevos tabúes que nos han convertido en una especie de esclavos de nuestros propios hijos, donde nos esforzamos haciendo cosas que no son de nuestro estilo.

Queremos que sean felices todo el tiempo, que sonrían, que estén quietos en el colegio, que encajen en el sistema pero a la vez que parezcan diferentes, brillantes y perfectos. Y no. Deben haber muy pocos así. Los queremos a imagen y semejanza nuestra.  Y pedir todo eso, cansa y mucho.

Nos hemos hecho demasiado amigos de nuestros hijos, hablamos, sermoneamos pero nos olvidamos que a los niños se les enseña simplemente haciendo.   Todos educamos como podemos en las condiciones y en el mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir, pero creo que con cientos de miedos inútiles y  un proteccionismo exagerado para con ellos.

Pensamos que son muy pequeños para esto o para lo otro, y nos olvidamos que son personas que están creciendo, con su carácter, su ADN heredado y con muchas más capacidades de las que creemos… Habrá que obsesionarnos menos por hablar y esforzarnos por comunicar más con los gestos, expresar correctamente  las emociones, sabiendo que son ellos los que nos están mirando todo el tiempo, esperando ver cómo reaccionamos ante una situación difícil. Esconder la tristeza y la miseria nunca fue una solución y,  evitarla, tampoco.  A todos, tarde o temprano nos toca con una varita que de mágica tiene poco.

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