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Aprender a leer a Héctor Tizón

A diez años de la muerte del escritor jujeño Héctor Tizón, lo recordamos leyéndolo. También recomendamos sus libros.

La fecha exacta no recuerdo, pero sé que empecé a leer porque sí después de una clase de A. K. hace más o menos diez años, solo porque quería comprender un poco más de qué hablaba ese hombre.

Leer porque sí significó entonces comenzar a leer libros: primero filosofía, después literatura.

Hace más o menos diez años aprendí a leer por segunda vez y también hace una década falleció Héctor Tizón, el 30 de julio de 2012.

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El escritor jujeño –algunas biografías dicen que nació en Yala y otras, en cambio, en el pueblo salteño de Rosario de la Frontera- nació el 21 de octubre de 1929 y desde muy joven comenzó a escribir y publicar sus primeros cuentos hasta que inició una corta carrera diplomática en 1958 siendo abogado y también fue agregado cultural en México.

En la tierra azteca se vinculó con importantes escritores, entre ellos Juan Rulfo, y fue allí donde publicó su primer libro de relatos en 1960, A un costado de los rieles.

Cuando abandonó la diplomacia en 1962, volvió a Argentina y ocupó brevemente un cargo de Gobierno. Tras el Golpe de Estado en 1976, Tizón tuvo que exiliarse hasta 1982 y en su segundo retorno fue juez del Superior Tribunal de Justicia en Jujuy, labor de la que se recuerda, por ejemplo, un fallo que impidió la instalación de una mina de uranio en la zona de la Quebrada de Humahuaca, en territorio de comunidades originarias.

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Entre las múltiples distinciones que sumó a lo largo de su vida, cabe destacar el de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, cargo otorgado por el gobierno francés cuando era uno de los más reconocidos escritores de habla hispana.

Leí a Héctor Tizón y tuve que aprender a leer. Por tercera vez. Empecé por su primera novela, Fuego en Casabindo, publicada en 1969. Era diferente a todas las que había leído hasta entonces. Demandaba otro esfuerzo de lectura. Tenía otro ritmo, un estilo singular.

«Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses», se lee en las páginas del libro que, además de exaltar la memoria de quienes ya no están, es un clásico de la literatura argentina.

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Para La casa y el viento, publicada en 1984, estuve un poco mejor preparado, pero la experiencia de lectura era superior. Exigía otra atención. Había sido escrita desde el exilio. Fuera de casa.

«La historia de un hombre es un largo rodeo alrededor de su casa. Pero mi casa, junto a las vías, es también sonar de trenes raudos, resoplantes trenes a través de la noche, como una parábola. La memoria convertida en palabras, porque es en las palabras donde nuestro pasado perdura, y en las imágenes (¿no son las palabras sólo imágenes?). Así el lenguaje es también el recurso de nuestra propia desdicha; y el hombre lejos de su casa se convierte en una llamada sin respuesta».

Aquí seguimos leyendo. Mientras, aprendimos lo importante: Héctor Tizón hizo de la puna literatura.

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